Esperanza aprendida

Fecha: 17-06-2019 05:32 PM

Carlos roa junio

Por Carlos Roa (*)

De cara a la larga y agotadora lucha de los venezolanos contra el sistema arbitrario y autoritario que mantiene secuestrada a la nación, se ha repetido constantemente un término que sirve para llamarnos la atención en aquellos momentos en los cuales queremos tirar la toalla. Se trata de la “desesperanza aprendida”.

Este par de palabras suena mucho cuando nos queremos referir a esas etapas en las cuales el régimen parece tener ganada la batalla por la colonización de nuestras conciencias. Cuando sentimos que ya nada vale la pena, que de todas formas van a ganar. Cuando se atribuyen al cubano G2 poderes sobrehumanos y se afirma que el genio y el ingenio solamente están del lado de la maldad.

El fenómeno de desesperanza aprendida ciertamente existe, también es llamado impotencia o indefensión. Según el portal web de psicología Psyciencia, fue inicialmente descrito por Bruce Overmier y Martin Seligman a mediados de la década del ´60.

En pocas palabras, ellos descubrieron que, si un animal era expuesto a una serie de estímulos aversivos inescapables e incontrolables, luego desarrollaría un síndrome caracterizado por un marcado déficit para iniciar otras conductas o para aprender conductas nuevas.

Un amplio programa de investigación dejó en claro que el factor determinante de un tal síndrome era la incontrolabilidad percibida por los animales y no el estrés de los eventos aversivos. Creo que a los venezolanos nos suena familiar.

Desde nuestro punto de vista, el término sí es perfectamente aplicable al plan de control que ha desplegado el castrochavismo sobre la población de Venezuela. Y en buena medida, han tenido éxito.

Sin embargo, creemos que cuando la desesperanza aprendida resulta definitivamente letal, es cuando surge una oportunidad de cambiar el estado de cosas y vemos que un sector de la población cae en un marasmo inmóvil, porque tiene la certeza de que todo lo que se haga va a ser inútil. Ahí si es verdad que los innombrables se salieron con la suya.

Y decimos esto a propósito del giro radical que ha dado la situación de nuestro país a raíz de la irrupción de Juan Guaidó en la ecuación política, el pasado mes de enero.

Tras la justificada euforia inicial, llena de una visceralidad característica de nuestro gentilicio, las opiniones respecto a nuestro presidente encargado, se han dispersado y atomizado.

Unos claman que no ha logrado nada, otros más lo acusan de ser una rama del socialismo, y más allá dicen que es parte de una negociación oculta con el gobierno. No sé a ustedes, pero a mí me suena a desesperanza aprendida.

En momentos en los cuales Venezuela atraviesa por la etapa más negra de su historia, la alternativa de poder construida en torno al joven diputado no solamente es la única a la vista, también luce como la más sólida.

Desde el importante y masivo reconocimiento internacional que se le ha brindado, hasta las fisuras que ha logrado dejar al desnudo en el aparato represivo gubernamental, han sido logros que suman. Quizá no avancemos tan rápidamente como quisiéramos, pero tampoco se ha retrocedido en el terreno ganado.

Como bien me dijo alguien hace poco, lo cierto es que este nuevo líder no ha abandonado. Sigue allí, adelante y con su compromiso reforzado. A partir de eso solamente podemos decir que nuestra única apuesta posible es acompañarlo.

Es triste decirlo, pero quizá los venezolanos deberíamos aprender alguna forma de revivir la esperanza. El daño que estas dos décadas rojas nos ha hecho en el alma ha sido grande. Es imperativo escapar de esa trampa de la desesperanza, para meterle el hombro al desplome final de esta desgracia.

(*) Miembro de Expresión  Libre



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