Homenaje a una luchadora incansable

Fecha: 22-06-2012 11:30 PM

Ha fallecido María Teresa Castillo

El diario "El Nacional", la casa de María Teresa Castillo, publica esta nota en homenaje a una venezolana insigne.

Cuando en 1928 estalló el movimiento de rebelión de los estudiantes universitarios contra la dictadura de Juan Vicente Gómez, María Teresa Castillo andaba como la mayoría de ellos en los veinte años. Unos estudiantes fueron al Castillo Libertador en Puerto Cabello, otros a los trabajos forzados en las carreteras y algunos lograron fugarse al exilio. A partir de entonces nació la pasión política de María Teresa, una pasión que no cesó a lo largo de su vida y que merece cierta explicación, porque para ella la política era un ejercicio de civilidad, de controversia, de pluralidad y, sobre todo, una expresión de la libertad de la cultura.

 

El ambiente asfixiante que se creó en Venezuela después de 1928, las dificultades para ganarse la vida una mujer joven e independiente, impulsaron a María Teresa a viajar a Nueva York en busca de trabajo y de nuevos aires. Al parecer estuvo poco tiempo en la gran metrópoli, las candilejas deslumbran de lejos, mientras de cerca, una vez dentro del monstruo, todo es diferente y era preferible el regreso. Y regresa justamente en febrero de 1935, un año que valía la pena vivir en Venezuela porque el viejo dictador estaba desahuciado, y no habría poder humano que impidiera el cambio por el cual abogaban los jóvenes. Digo que 1935 era un año que valía la pena de vivirlo en nuestro país, y no lo digo como una expresión de fantasías retrospectivas, sino como constatación de lo que he visto y leído como lo que podríamos llamar el estallido de la primavera. Nadie puede detener las estaciones.

 

María Teresa regresa a Venezuela en enero de 1935, el mes y año en que dos amigos suyos, Inocente Palacios y Miguel Acosta Saignes, publican Gaceta de América, una revista de circulación mensual en la que, además de Palacios y Acosta, escriben Carlos Eduardo Frías, Ramón Díaz Sánchez, Carlos Augusto León, Carlota Toro, Eduardo Arcila Farías, Luis Beltrán Prieto Figueroa y Guillermo Meneses. Todos amigos de María Teresa. Inocente escribe sobre música venezolana. Prieto Figueroa, con su obsesión pedagógica, titula uno de sus artículos con palabras audaces: “Disciplina y libertad en la escuela”. Luis Álvarez Marcano sobre cine. El gran Waldo Frank le dirige un mensaje a los hombres y mujeres jóvenes de Venezuela a través de la Gaceta de América. Un mensaje de optimismo, escrito en clave. Se cuenta que María Teresa se vinculó en esta etapa a la música y puso todo su empeño en la organización de los conciertos del Orfeón Lamas. En la Gaceta de América no se habla del viejo dictador, simplemente se le da por muerto, y ya se vislumbraban los nuevos tiempos. Eso traducían los textos.

 

Finalmente muere el general el 17 de diciembre de ese año. Todo cambia, pero no todo quiere cambiar. María Teresa Castillo fue la primera prisionera política de esa etapa de transición de la dictadura a la democracia, como ella se lo relató a Isa Dobles. La sorprendieron repartiendo “propaganda subversiva”, seguramente los manifiestos de ORVE, la Organización Venezolana que comienza a dar los primeros pasos políticos y en torno a la cual confluyen jóvenes de todas las ideologías, al menos en sus primeros tiempos. María Teresa contó que los fines de semana recibía visitas de sus amistades, lo cual indica que la prisión en la jefatura civil de La Pastora no fue tan breve. Era 1936, un año clave en la historia de la democracia venezolana. El 14 de febrero, el pueblo en la calle, dijo no para siempre a quienes pretendían que con unos capotazos la gente se resignaría a la resurrección del gomecismo. En los papeles y manifiestos de la época el nombre de María Teresa Castillo testimonia su dinamismo y su compromiso, su militancia ciudadana.

 

La periodista

No hubo tregua desde entonces en la vida de María Teresa Castillo. La sedujo la política y la sedujo el periodismo. Fue reportera del diario Últimas Noticias en sus años fundacionales. Se graduó en la UCV en la primera promoción de periodistas que llevó el nombre de Leoncio Martínez. Optó por el mundo de la cultura, por las reivindicaciones de los derechos de la mujer en una época en que se les negaban los privilegios de la ciudadanía. Pocos seres humanos han vivido con la intensidad con que vivió María Teresa Castillo. La autenticidad fue el signo de su zodíaco personal. Valorar la obra que cumplió a lo largo de ochenta años no es tarea que pueda hacerse al calor de una nota que apenas pretende registrar que ha rendido sus armas y que entra en la historia como un protagonista privilegiado del mundo de nuestra cultura.

 

Asumió la presidencia del Ateneo de Caracas en 1958 y no hubo un día desde entonces que los venezolanos no tuvieran a mano la posibilidad de ver una gran exposición de arte, de oír un gran concierto o de disfrutar de una obra de teatro, de asistir a una conferencia controversial, al debate de las ideas y de las tendencias. Desde entonces, digo, hasta el día siniestro en que los hachazos de la ignorancia y los epígonos del pensamiento único, o, mejor, del no pensamiento, le pusieron un candado a las puertas de una institución que irradiaba libertad y dignificaba al ciudadano que en ella entraba en busca de los valores del espíritu.

 

Más temprano que tarde se establecerá el balance y la contribución de María Teresa a la cultura del pueblo venezolano. Y escribo la palabra pueblo porque, en el fondo, la cultura popular fue lo que se puso en juego, lo que se condenó a muerte. O sea, al silencio. El Ateneo de Caracas era la casa de la diversidad, de la discrepancia civilizada, de la pluralidad creadora. Del internacionalismo inteligente, el lugar donde convivían talentos venidos de todo el mundo. Una experiencia que figurará necesariamente en cualquier análisis será el Festival Internacional de Teatro que puso el nombre de Caracas entre las ciudades abiertas a las expresiones de la cultura.

 

El nombre de María Teresa Castillo y del Ateneo de Caracas están vinculados a los mejores momentos del arte y de la cultura en Venezuela. El Ateneo fue el escenario de jornadas memorables como aquellos diálogos de los grandes novelistas de América Latina y de España que tuvieron lugar en sus espacios cuando por aquí coincidían Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes. El hogar de María Teresa Castillo y de Miguel Otero Silva fue el hogar de grandes de nuestra historia intelectual: Alejo Carpentier, Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, Julio Cortázar, José Bergamín, Rafael Alberti, Ernesto Cardenal y Nicolás Guillén.

 

María Teresa solía visitar Cuba con frecuencia y fomentó el intercambio cultural entre la isla y nuestro país. Fue amiga personal de Fidel Castro, lo veía quizás como el gladiador que vengó a muchos humillados. Terminó siendo, me atrevo a escribirlo, una amistad no correspondida.

 

En el caso del personaje que acaba de irse de este mundo, hablar de cultura era hablar de política, y viceversa. Para ella la política era un ejercicio de libertad. Y eso era también para ella la cultura. Lo más apropiado que pueda decirse de María Teresa Castillo al escribir palabras de despedida es que fue un ser excepcional. Nos deja el legado de la sonrisa que la acompañó como el ser que siempre estuvo en paz con la vida, fueren cuales fueren las circunstancias que le deparó el destino.
 



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