José Pulido: La sociedad venezolana en una contienda de lobos

Fecha: 28-04-2008 11:30 PM

Palabras de José Pulido en la sede del CNP, 3 de abril de 2008.



Pido la palabra, pido la palabra, plantea atropelladamente un hombre. Escúcheme un momentico, señor, exige una mujer. ¿Puedo hablar?, pregunta un niño. Todos los días la gente es un fermento de angustias, inquietudes o emociones y abre sus válvulas en cualquier sitio. Todo el tiempo resuenan las voces ciudadanas insistiendo en lo mismo: yo quiero expresar mi opinión, yo no estoy pintado en la pared, achanta un pelo que yo no soy un jarrón chino, anota ahí que yo no estoy de acuerdo. Todo el mundo carga su opinión para arriba y para abajo, junto con el alma y con la cédula.

Sin embargo, la opinión es el recurso más vituperado, descalificado y detestado del periodismo. Nadie soporta la opinión contraria. Por una opinión puedes morir, por una opinión puedes matar, por una opinión puedes perseguir y por una opinión puedes ser perseguido. Eso ha convertido a la sociedad venezolana en una contienda de lobos.


La opinión es lo que se siente, lo que la gente siente respecto a algo. Y ese sentimiento lo va convirtiendo en un fenómeno lingüístico, en un mensaje específico, en una consigna particular. La gente debería, eso sí, enriquecer sus opiniones, revisar y mejorar sus opiniones, aunque cada quién tiene el derecho de no cambiar, de mantenerse estancado y de reconocer solamente los hechos que se identifican con su modo de pensar.

Los Derechos Humanos deberían haber resuelto la mayoría de los problemas de la humanidad, si la humanidad los respetara un poco, porque constituyen su esencia libertaria. Son los argumentos más justos que se han conseguido para la defensa de la dignidad humana.

Todos tenemos dignidad humana. Sé que está ahí, en alguna parte de la mente, de la memoria o del espíritu. Los Derechos Humanos amparan a los gobernantes y a los gobernados, a oficialistas y a opositores. A toda la gente. Hay que comenzar por ahí. Seguramente la historia cambiará cuando todos los ciudadanos nos
dediquemos a respetar esa bendita declaración que nos protege de nosotros mismos y de nuestra propia intolerancia.

La humanidad ha tenido que digerir a Cristo, Buda, Mahoma, Aristóteles, Platón, Homero, Hesíodo, Alejandro Magno, Atila, Cleopatra, Napoleón, Colón, Bolívar, Marx; a la revolución francesa, la revolución bolchevique y la revolución
industrial, a Hitler, a Hiroshima y Nagasaky, a Romeo y Julieta, a Shakespere y a Dostoievski. La humanidad ha tenido que digerir crímenes y glorias, alturas y abismos, para destilar y esgrimir esos treinta artículos que son como una segunda madre.

El artículo 19 de los Derechos Humanos, precisamente, dice así:

Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Si no pesara tanto lo trágico del asunto, ese mandato parecería un chiste en la mayoría de los países que pueblan el planeta. Se ha dicho y se continuará diciendo que el ser humano está condenado a ser libre. Y para la sobrevivencia de la libertad de pensamiento, de ideas y de expresión, es determinante defender el derecho a opinar, porque de las opiniones de cada quién se va conformando la opinión pública, que en definitiva es lo que otorga y quita poderes. Opinión individual, opinión pública y pueblo soberano son como padre, hijo y espíritu santo.

La primera de todas las fuerzas es la opinión pública, dijo Simón Bolívar. Y no existe opinión pública que se nutra de una sola voz, de un solo mensaje.

Lorenzo Gomis ha tocado este tema en uno de sus libros: Los gobernados le hablan a los gobernantes a través de la opinión; impugnan y responden a través de la opinión. Los gobernados elaboran y adoptan grandes opciones con su opinión. Y generan consenso con su opinión. Por eso los poderes del Estado, los poderes privados, las organizaciones civiles y los medios masivos de comunicación se equivocan cuando no escuchan el río de la opinión pública sonando.

Periodismo contemporáneo

El periodismo contemporáneo, igualito que el periodismo de las primeras épocas, tiene el deber de adquirir y difundir conocimientos, de mostrar los hechos en su dimensión más verdadera y materializarlos en un lenguaje inteligente y sincero.

El periodismo contemporáneo tiene el impulso tecnológico que se manifiesta en la velocidad cautiva de internet y en la inmediatez del celular que transmuta segundos por céntimos y supera la vieja leyenda de los seres que hablaban por telepatía. Pero ese periodismo contemporáneo se enfrenta a fuerzas primitivas que condenan su función porque la sociedad mundial, aún habiendo arañado los peladeros de Marte y avanzado muchísimo en el desmenuzamiento del átomo, sigue enfrentando los mismos y antiguos males del hambre, la violencia, el desborde de los poderes públicos y privados, pero ahora aunados a los problemas ambientales. En el mundo actual no sólo te amenazan las aberraciones sociales, económicas y políticas de siempre, junto con la delincuencia, el crímen, y las drogas: también puede faltarte el oxígeno, partirte un rayo, asolarte un huracán; durante cualquier verano puede caer granizo con tuberculósis; las nubes pueden soltar lluvias ácidas y acabar con la agricultura, que ya de por sí anda como sentenciada.

La gente comenta todo el tiempo que los días y los años están pasando más rápidamente que antes. Y parece verdad: hace poco era diciembre y ya salimos de la Semana Santa. Hace poco nació el niño Jesús y ya no sólo creció, sino que fue crucificado, muerto y sepultado mientras estábamos en la playa.

Octavio Paz escribió sobre el tema para referirse a la modernidad. Y señaló lo siguiente: no digo que hoy pasen más rápidamente los años y los días, sino que pasan más cosas en ellos. Pasan más
cosas y todas pasan casi al mismo tiempo, no una detrás de otra, sino simultáneamente. Aceleración es fusión: todos los tiempos y todos los espacios confluyen en un aquí y un ahora.

El periodismo contemporáneo tiene que esgrimir una manera y un lenguaje basados en el conocimiento y en la interpretación de la realidad. La realidad es el único portal que permanece abierto de par en par.

Las fuentes están cada vez más cerradas: las fuentes, inclusive, crean fuentes ficiticias de sí mismas para fingir que están informando. Cuando hablo de fuentes hablo de todas: las públicas y las privadas. Los periodistas buscan más en el océano de internet para pescar rápidamente porque necesitan alimentar la inmediatez.

Antes y ahora, la misión del periodista ha sido la misma: revelar secretos, ubicar la verdad y difundir conocimientos. Eso significa que el periodista necesita saber más y manejar su lenguaje con propiedad, como el samurai manejaba su espada. Lo que ocurre es que igual que una mayoría, el periodista contemporáneo, arrastrado por el impulso masivo, prefiere
creer que saber.

La multitud como la describió Gustave Le Bon: Un grupo humano se transforma en multitud cuando se vuelve súbitamente sensible a la sugestión y no al razonamiento, a la imagen y no a la argumentación, al prestigio y no a la competencia. En el seno de la multitud, una creencia se extiende no por persuasión, sino por contagio.

El periodismo contemporáneo se ha dañado a sí mismo creyendo que lo superficial es espectáculo y que el espectáculo es lo que quieren todos en cualquier instante y momento. No es posible liderizar las voces multitudinarias de la sociedad sin un lenguaje auténtico y profundo, capaz de desarmar los parapetos de cualquier mentira. La mentira también es un poder avasallante.

El periodismo contemporáneo tiene que enfrentarse con la ambigüedad que trata de tragárselo constantemente. Se volvió moda decir que el mal es solamente abstracto. Que todo es culpa de un sistema. Aunque en la esquina estén atracando y matando, estafando y esclavizando; aunque en la esquina estén
matraqueando y humillando, violando y drogando, explotando y engañando, seres concretos, seres de toda laya, seres de todas las clases sociales.

Cada quién tiene derecho a expresarse. Todo ser humano expresa lo que tiene por dentro de acuerdo a su capacidad de manejar un idioma hablado, escrito, gestual, pintado o musicalizado.

No importa que lo expresado sea verdad o mentira, sea un ejemplo de maravillosa inteligencia o de ignorancia bestial. El derecho a expresarse es como el derecho que cada persona tiene a cantar aunque desafine.

La expresión de muchas voces, de distintas categorías en la comunicación social, es fundamental porque se trata de una búsqueda constante de conocimientos verdaderos y ello hace que el ser humano avance porque obteniendo lucidez puede exigir más calidad de democracia, más calidad en los estudios, más calidad en la vida y hasta en el amor.

Espero no haber ofendido a nadie en esta mañana. He hablado hasta por los codos para que intuyan el gremio, aquellos que lo han subestimado, aquellos que lo han ignorado, aquellos que apenas sospechan su existencia. Aquí estamos. Todos los días estamos en el papel, en la radio, en la pantalla, en las instituciones. A veces fallando como servidores de toda la población. Pero nunca hemos dejado de trabajar por la gente y sus derechos humanos. Ni un solo día. Aunque nosotros estemos siempre abandonados bajo una cosecha de látigos y cargando el peso terrible de un salario mínimo.

Auditorio del CNP, 03 de abril de 2008




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