La hora más oscura

Fecha: 12-03-2019 03:40 PM

Mayte

Mayte Navarro S.

Venezuela vive uno de los momentos más críticos de su historia contemporánea. La situación se puede considerar una tragedia pues el país se hunde en la oscuridad, no sólo por la falta de energía eléctrica, lo que ha desencadenado pérdida de vidas, sino que incertidumbre se maneja como respuesta debido a la total falta de información que sufren los venezolanos en todos los sentidos, ya que no se les permite tomar medidas preventivas ante cualquier  evento, ni tampoco se les explica las verdaderas causas que los originan, bien sea la falta de energía, la carencia de dinero en efectivo, la escasez de medicina y otras tanta penurias.

Las autoridades no se desprenden de su lenguaje político y cierran el paso a profesionales y entendidos en la materia para que informen y el poder continúa evadiendo responsabilidades, pisoteando así derechos fundamentales consagrados universalmente. El derecho a la información, el derecho al trabajo, a la salud, al estudio, al agua potable se viola consuetudinariamente.

La ineficiencia y la corrupción han dado frutos que hoy se cosechan en la destrucción de las instituciones.

Por otra parte, el Gobierno que comanda Nicolás Maduro,  evidenció una vez más su desprecio hacia la ciudadanía, porque en ningún momento de la grave situación energética se ha transmitido una explicación  técnica, de manos de expertos, sobre lo sucedido.  La gravedad del momento exige que no sólo cumpla con su deber de rendir cuentas, sino que busque a los mejores para tratar de salir del caos, anarquía que se origina por las acciones populistas y sin proyección de futuro desde la llegada de Hugo Chávez al gobierno, pues le dio un  puntapié a la meritocracia, al despedir a miles de profesionales con experiencia y conocimientos en áreas vitales para el desarrollo, que fueron sustituidos por otros menos preparados o para satisfacer el clientelismo político y dar cabida a los adulantes tan necesarios en los regímenes totalitarios.

La ineficiencia y la corrupción han dado frutos que hoy se cosechan en la destrucción de las instituciones, la economía, la salud, la educación, a lo que se suma la desinformación más radical y el monopolio de los medios de comunicación para impedir que se pueda ejercer con libertad el periodismo, cuya función es informar al público de la manera más veraz si tiene acceso a todas la fuentes.

En estos días de oscuridad, el ciudadano venezolano ha estado sumido en un inimaginable blackout, porque los medios tradicionales (televisoras, emisoras de radio, prensa escrita) se han visto fuera de circulación; los medios electrónicos tampoco han podido cumplir su cometido y los escasísimos medios independientes que cuentan con energía propia también se han visto afectados por no tener un equipo de reporteros y corresponsales disponibles que puedan reportar desde los sitios de los hechos o porque es simplemente imposible llegar hasta ellos para corroborar de primera mano los acontecimientos. Todo esto permite que las noticias falsas proliferen y se produzca la desinformación, la confusión para desembocar en una desmoralización de los individuos.

Prácticamente, ningún medio ha podido explicar con acierto lo sucedido. El Gobierno ha politizado la información y se negó a explicar el suceso, lo que originó momentos angustiantes y una vez más impidió que los periodistas cumplieran con su deber, que no es otro que el de informar, ir a las fuentes para verificar los hechos, entrevistar tanto a los responsables así como aquellos que denuncian lo sucedido. El trabajo reporteril resultó pobre y la tecnología, no siempre en manos de los más responsables, hizo lo propio. El monopolio que ejerce el Estado sobre los medios actuó como un muro de contención ante la libertad de expresión, algo que no es nada nuevo. Tenemos ejemplos del pasado, la época de Hitler, cuando la radio y la prensa escrita se convirtieron en instrumentos de propaganda para difundir “las gloriosas páginas de una historia nunca vivida”, patrón que aplica la revolución bolivariana, que no admite críticas ni diversidad de pensamiento. Sin lugar a dudas en Venezuela el periodismo es visto como un enemigo. No se entiende ni acepta que el comunicador no tiene otro deber que el de informar y dar a conocer lo que sucede.

Para no naufragar en este mar de populismo y autarquía sólo queda un camino, rescatar la democracia, una tarea titánica, donde la información manejada por profesionales tiene un rol preponderante.  Una democracia que esté sustentada en la educación, la excelencia, la meritocracia, donde la participación no esté sujeta a etiquetas proselitistas vacías, ni a la polarización, ni la vehemencia. Una democracia donde la corrupción no se proteja con el escudo de la impunidad y donde los derechos fundamentales se respeten y disfruten. Una democracia reñida con el revanchismo y donde la justicia goce de libertad e independencia.                                                                    



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