La incansable búsqueda de la verdad

Fecha: 02-08-2017 04:53 PM

Nicolas maduro

Por Gregorio Salazar (*)

El domingo a las doce de la noche, Nicolás Maduro acudió a la plaza Bolívar de Caracas como punto de remate festivo a la supuestamente exitosa jornada electoral en la que habían sido elegidos los integrantes de la nueva (y fraudulenta)  asamblea nacional constituyente. Para ello contaba con la invalorable colaboración del ex Salserín Omarcito Acedo, quien ha dedicado su talento de compositor e intérprete a cantarle loas a Chávez y a la revolución bolivariana.  

Allí, frente a un público que los videos de algunos de los asistentes revelarían luego como bastante frio y esmirriado, Maduro afirmó que a esa hora “todavía hay gente trabajando en las mesas”, valga decir que había centros electorales donde no habían bastado todas las horas de jornada regular más la prórroga generosamente otorgada por el CNE para atender el torrente de votantes que, otra vez supuestamente,  se habían dado cita para escoger a los nuevos constituyentes  en cuyas manos quedará el destino victorioso, si no de la nación sí de la revolución. A los pobres miembros de mesas los había agarrado la medianoche cuenta que cuenta votos.

El pueblo es un espectador atónito de un país virtual que promocionan como el paraíso de los logros sociales

Si algo deja rápidamente al descubierto a un mentiroso es su mala memoria. En este caso Maduro, empeñado en fanfarronear sobre la presunta presencia masiva del pueblo en las urnas, se permitió esa boutade olvidando que hacía rato la presidenta del CNE había dado la (presunta, siempre presunta) cifra definitiva de los votantes. Suponemos entonces que si en los centros electorales permanecía algún personal trabajando a tan altas horas de la noche sería en labores de limpieza o de otra clase, pero no contando votos.

Lo de Maduro pudiera parecer una afirmación insignificante, una más de la profusión de falsedades, banalidades, absurdos, manipulaciones o ridiculeces sin sentido de los que está repleto el discurso cotidiano del jefe del Estado, pero en este caso es útil como otra demostración de que en materia comunicacional para los dueños del poder en Venezuela cualquier licencia está permitida, cualquiera desfiguración de la realidad vale para apuntalar el gran artificio comunicacional en el que ha quedado convertido el proyecto chavista, la nueva tragedia humana, la primera del siglo XXI construida sobre las bases del socialismo.

Semejantes licencias comunicacionales, sin el menor respeto por la ética y mucho menos por la estética, son las que han llevado los logros, sin precedentes según dicen, de la revolución a un plano netamente discursivo. Esa grandiosa transformación de Venezuela del cual los voceros oficialistas se hacen lenguas sin que les tiemble un músculo facial viaja o figura en formatos digitales, a través las ondas hertzianas o las microondas, está impresa en el papel (¡que como aguanta!), pero no forma parte de la realidad de los venezolanos. El pueblo es un espectador atónito de un país virtual que promocionan como el paraíso de los logros sociales y que iría en vías de ser una potencia, pero que él observa mientras lucha por sobrevivir a la realidad pavorosa que lo circunda.

Pero si la mentira de Maduro puede considerarse de poca monta, aunque no lo es ninguna que salga de a boca de un gobernante, al anuncio del CNE de que en la elección de los constituyentes fraudulentos participaron más de 8 millones de personas, cuando todo el país presenció la soledad de la gran mayoría de las mesas electorales, hay que agregarle la característica delictual, francamente hamponil de sus voceros, que burlan la ley e irrespetan a la opinión pública. Y eso sí  es inmensamente más grave que cualquier embuste de los que va dejando Maduro a cada paso y a cada minuto de su presencia en el planeta. 

Este relato dual, el de la dictadura y el que ofrecen los disminuidos medios independientes o el que se conforma por los trazos de la cotidianidad que van arrancando los ciudadanos y que luego vierten a través de las redes sociales, aparte de llevarnos a un caos de dimensiones inimaginables, no tiene forma de conciliación. Son contenidos excluyentes, absolutamente negadores unos de otros, es una batalla encarnizada entre la verdad y los 18 años de farsa chavista y revolucionaria.

Siendo así, no sorprende que la labor de los periodistas y los medios esté cada vez más criminalizada, más perseguida y maltratada. Se entiende porqué se les impide trabajar como pasó en esa jornada electoral del domingo, se les detiene, se les dispara a mansalva, se le arrebatan o destruyen sus equipos de trabajo. Esta dictadura, como todo régimen fuera de la legalidad, no es mínimamente compatible con la libertad de expresión y el resto de los derechos humanos. Lo crucial en esta historia es que después de 18 años de asedio y hostigamiento no han podido --y seguro que no podrán-- zafarse de esa mirada escrutadora de los periodistas en su incansable búsqueda de la verdad.

(*) Miembro de la directiva de Expresión Libre



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