Martín Caparrós: “Siempre hubo periodismo de mierda. Algunos decidimos hacer otra cosa”

Fecha: 22-12-2015 08:17 AM

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El periodista y escritor Martín Caparrós. - Foto Wikipedia

 

Premio Herralde, Premio Planeta, Premio Rey de España de Periodismo… ¿Qué no ha hecho, qué no ha escrito, qué no ha ganado Martín Caparrós? Uno de los mejores escritores y periodistas argentinos concede a Vozpópuli una entrevista en ocasión de la publicación de ‘Lacrónica’ (Círculo de Tiza).

 

Karina Sainz Borgo | Vozpópuli | 14 diciembre 2015

 

Esos bigotes, como de gigante de circo. El acento argentino que demora y arrastra algunas palabras, condescendiente o acaso desdeñoso, como quien perdona la vida a un necio o un equívoco a un novato. Apariencias a un lado, hay una verdad: ese hombre que ahora pide un café americano ha escrito las mejores páginas del periodismo narrativo en castellano. Se trata del escritor y periodista argentino Martín Caparrós, quien accede a conceder una entrevista que parece aburrirlo hasta el infinito.

Caparrós, ese hombre que ahora pide un café americano, ha escrito las mejores páginas del periodismo narrativo en castellano

El motivo de la conversación con el premio Herralde es la reciente publicación en España de Lacrónica (Círculo de Tiza), un volumen que recopila algunos de sus mejores textos, incluyendo aquellos que reflexionan sobre el periodismo narrativo. Es justamente de este segundo apartado de donde proviene el título del libro. Para enunciar la crónica, género arenoso donde los haya, Caparrós usa la contracción del artículo y el sujeto. Así, lacrónica. Para él, la crónica es ese periodismo que "sí dice yo", pero no escribe sobre el yo. Es el periodismo que está, que ve; el que respira, el que se mueve, el que se acerca.

Lo ha dicho muchas veces, dentro y fuera de las páginas de este libro: la crónica lo aburre, la eterna disquisición sobre qué es. Pero como se dedica a ella –con honestidad, belleza y calidad literaria-, Caparrós tiene que cargar con el sambenito. Hay algo inverosímil en Caparrós, serán esos aires de forzudo, esos bigotes acicalados con un tenedor caliente o acaso esa certeza aplastante que tiene en sus propios juicios. No es de extrañar, él lo ha escrito y lo ha vivido casi todo.

Hijo de psiquiatras, Caparrós comenzó en su Buenos Aires natal haciendo periodismo policial. Tuvo como jefe a Rodolfo Walsh. Se exilió. Obtuvo la licenciatura en historia en París. Vivió en Madrid y Nueva York. Dirigió revistas de libros y cocina. Recorrió medio mundo. Tradujo a Voltaire, Shakespeare y Quevedo. Recibió el Premio Planeta Latinoamérica, el Premio Rey de España y la beca Guggenheim. Es autor de más de treinta libros, entre algunos de ellos, Los Living (Premio Herralde de Novela), El interior, La patria capicúa, -el inmenso- Boquita y su más reciente y ciclópeo reportaje El hambre, publicado por Anagrama. Que sea mordisco entonces esta entrevista. Quedarse en los huesos preguntando. Helado y fascinado a partes iguales.

-La crónica ha sufrido una explosión como género, incluso como producto editorial ¿Se ha envanecido el género?

-Nunca he considerado lo que hago como un producto editorial, de hecho, me genera urticaria esa palabra. Es un trabajo, un texto, un acto, pero no un producto; eso lo pondría más del lado de los pañales que de la creación. Por otra parte, si un género puede ser bandera hay que arrearlo completamente. Estoy en contra de las banderas, sobre todo si son un género.

-¿Se envaneció la crónica?

-Sí, pero no se envaneció ella, sino sus practicantes. Los géneros no se envanecen solos, son sus supuestos cultores quienes se envanecen. Eso no sería grave de no ser porque tiene sus consecuencias. Se hace más aburrido hablar con la gente envanecida y nos hace producir cosas menos interesantes. La gente empieza a creer que con el género alcanza y entonces cuentas historias que no son interesantes, so pretexto de hacerlo con buena prosa y buena estructura.

-Partiendo del hecho de que la prosa no basta, ¿qué diferenciaría las crónicas de Carlos Monsiváis de la crónica actual?

-Yo no sé si llamaría crónica a lo que hacía Monsiváis, eran ensayos, como lo son algunas de las cosas que hoy también se hacen llamar crónica. Me lo preguntaron muchas veces y dudé mucho sobre el género de mi libro El hambre. Yo no diría que es una crónica, porque hay relato pero también historia, datos, contexto, análisis y una voluntad de entender, que es lo que en general se atribuye más al ensayo que a la narración. Ahora tengo mis dudas sobre si es útil o no reflexionar sobre a qué género pertenece a cada texto. Estoy a favor de los textos cuyo género es discutible y por tanto me parece que no vale la pena discutirlos. Con su ejemplo de que la crónica es un ornitorrinco, Juan Villoro nos ha llevado a situar la crónica en el género natural de Oceanía. En vez de pensarla como un ornitorrinco, a mí me gusta pensarla como un kiwi, que no sabes si se trata de una fruta o un animal. Y eso me interesa, que uno no se sepa si la crónica es fruta o animal.

"En vez de pensar la crónica como un ornitorrinco, a mí me gusta pensarla como un kiwi, que no sabes si se trata de una fruta o un animal"

-¿Qué tanto tiene de cierto que la crónica se gesta en América Latina? Porque AL no para de atribuirse el género como algo exclusivamente suyo.

-Dentro del idioma español, en los últimos 25 años, surgió una reaparición de esta forma de periodismo narrativo, que llamamos para mayor comodidad crónica. Efectivamente, ocurrió en América Latina. Y tampoco es que sucedió en América Latina. Hubo siete u ocho ñatos, como mucho. Se había hecho con gran fuerza en los sesenta o setentas, los últimos cultores fueron Tomás Eloy Martínez, García Márquez, Monsiváis, Elena Poniatowska. Pero se dejó de lado. En el castellano peninsular tampoco se hacía mucho en ese momento. A partir de los noventa, se empieza a recuperar. Cinco o seis personas empezaron a llevarla adelante. Eso tuvo cierta circulación o cierto éxito de estima y entonces quedó como que había habido un renacimiento del género en América Latina. Sí –afirma con cierto desdén-, se podría decir que sí. Pero después hubo una sanción española.

-¿A qué se refiere?

-España sanciona. Muchas veces pasó en la historia de la literatura: Latinoamérica hace y España sanciona. España sancionó en el año 2010 o 2011 con un par de antologías, la de Jordi Carrión, publicada en Anagrama, y la de Darío Jaramillo, en Alfaguara. A eso se unió una tapa del diario El País en Babelia, y ahí quedó como constituida la idea de que había algo que se llamaba crónica latinoamericana.

-¿Realmente lo cree? Si ya existía una conciencia literaria de la crónica

-Bueno, eso es lo que estoy diciendo

-Lo que intento preguntar es: ¿en verdad cree que España le da la vitola a la crónica? Sería para ellos, no para nosotros.

-No estás de acuerdo, tienes todo el derecho. Pero creo que somos lo suficientemente sometidos como para que las dos grandes antologías del género no vengan de América Latina sino de España. Las editoriales son españolas, uno de los autores es español, el otro no, es cierto. No se había publicado una antología de esa naturaleza antes. Gatopardo había publicado sus mejores crónicas. En Argentina se había publicado algún libro, pero no existía esta idea de extraer lo supuestamente mejor del continente y decir: ‘Esto es’. Y se hizo en España, lo cual no debería sorprenderte tanto. La industria editorial está dominada por España y la que sanciona y produce este tipo de efectos es la industria editorial, no los escritores.

-¿Tiene razones la crónica para sonrojarse frente al periodismo de scoops? Hay una tendencia tácita a llamar periodista de raza a los que traen datos frente al que hace periodismo narrativo.

-No se quién hace eso que tú dices. Yo escribí en el libro que me parece que investigar está sobrevalorado. Me parece mucho más interesante entender, porque significa encontrar relaciones, poner juntas cosas que no necesariamente lo estaban. Al juntarlas se explican las unas a las otras. Eso es lo que a mí me interesa, a otros les interesa averiguar dónde estaba el sobre del ministro el día que se lo pasó al contratista. Eso está bien – al escucharlo, uno no sabe si es acento o entonación desdeñosa lo que usa Caparrós-, pero yo hago lo que a mí me gusta.

-En su libro Safari accidental, Villoro comienza con un texto en el que un profesor le dice a su clase: ‘Estudien o terminarán de periodistas’. Hace 30 años el periodismo no estaba considerado como una profesión, sino como un oficio.

-No estaba considerado como una carrera, en el sentido universitario.

-¿Siente que hubo un punto de inflexión desde entonces para acá en lo que al periodismo significa?

-¿Cuál sería ese punto de inflexión?

-Pues a la calidad y rigor en la forma de hacerlo, a la calidad de la escritura.

-No.

-Pero hay obstáculos que hoy enfrentan los periodistas que, ustedes, hace 20 años, no tenían. Así que me va a disculpar que le lleve la contraria pero…

-Ese es tu problema, no el mío.

-Lo que trato de decir es que el periodismo sí es un producto: si algo no se lee, se quita de la portada.

-Yo no creo en las enunciaciones por voz pasiva. No se trata de decir ‘el periodismo es tal cosa’, ‘si algo no funciona, se quita’… Son frases que intentan omitir la responsabilidad de quien las dice. El periodismo es lo que cada uno de nosotros decide hacer con él. Las notas que no funcionan no se quitan, las quita alguien a quien uno puede o no aceptarle que haga esas cosas. Siempre hubo editores de mierda y periodismo de mierda. Algunos decidimos hacer otra cosa. Y nos tuvimos que pelear para hacerlo. Últimamente escucho demasiado aquello de ‘el periodismo es de tal manera, o de tal otra’, como si en otro momento hubiera sido distinto, como si hubiera venido Papa Noel a decirte: ‘Oye, ¿no quieres ir 50 días a Birmania a escribir tantos mil caracteres, con todos los gastos pagados y una moto que te lleve de aquí para allá?’. Nunca sucedió eso.

-Pero usted sabe que hoy en día el pulso con los editores es desigual…

-Los medios siempre han estado dominados por los mismos idiotas que creen que su público es más idiota que ellos, y que por eso les dan las cosas más tontas que se les ocurran. Siempre ha existido eso. Lo que no me gusta es cuando uno descansa sus ganas de no pelear contra eso. El único que define lo que uno hace es uno mismo. He dicho, me voy a subir a un banquito y hacer así –Caparrós da un golpecito a la mesa, con risa incluida-.

-A todas estas, no he conseguido que me responda: cuando enunciamos crónica, ¿qué enunciamos?

-La incertidumbre es tu aliada, si no le tienes miedo. La incertidumbre es lo que te permite llevar los límites más allá, pero si quieres que te pongan límites y te digan: ‘esto es lo que tienes o no tienes que hacer’, te digo: nada muy interesante va a salir de ahí. Lo mismo que estás diciendo se aplica a la novela, ¿por qué vamos a pensar que 50 sombras de Grey y el Ulises son lo mismo? Y sin embargo todos dicen que son novelas. ¿O no?

-La novela está protegida por un halo de prestigio. La mayoría quiere escribir una primera novela, no una primera crónica, o un primer reportaje…

-No sé… -otra vez, el tobogán al final de la frase, el desaire de la entonación-. Uno de los grandes cambios que he visto en esta profesión es que hace 30 años los periodistas buenos tenían en el tercer cajón, junto con la ginebra, el manuscrito a la mitad de una novela. Ahora muchos de ellos, en ese mismo tercer cajón, junto con el mate si es Argentina, tienen un manuscrito de un libro de no ficción. Ese es un cambio fuerte. Implica una variación en la idea de lo que vale la pena ser hecho y lo que no. Por otro lado, eso supone aminoración del índice de satisfacción. Si lo que uno cree que tiene que hacer es otro género radicalmente distinto, pues bien; pero si cree que vale la pena hacer el mismo género más extendido, estarás un poco más satisfecho con tu vida. Ese es uno de los grandes efectos secundarios de esta difusión o este prestigio de la crónica: hace que a mucha gente le parezca que con escribir un buen libro de no ficción estarán contentos, a diferencia de escritores enormes como Rodolfo Walsh que se quejaban de que no habían sido capaces de escribir una novela.

-¿Hace daño la escritura de no ficción para escribir ficción?

-No.

-¿Por qué?

-Porque no. Esa es una suposición tuya. Yo te digo que no lo hace.

-De sus trabajos de crónica, ¿cuál es el que le hace sentir más satisfecho?

-No muchos…. No sé, si tengo que citar dos, por razones distintas, diría El Hambre y El Interior. El hambre porque era imposible y de algún modo sucedió. En es ese libro trabajaba con casi todo en contra: un tema que es un lugar común, con una ambición que era un poco idiota… y sin embargo se está publicando en más de 20 países. Y El Interior porque por primera vez tuve la sensación de que había hecho lo mejor que podía haber hecho con un libro. He publicado más de 30 y nunca había sentido eso.

-Hay temas propensos a la crónica: el fútbol, por ejemplo. ¿Cómo se comporta la crónica volcada en el deporte, específicamente en el fútbol?

-El fútbol es un espacio traicionero para contarlo. Como es una actividad que sólo se hace para ser vista, sabe muy bien cómo disimular todo lo que no quiere que se vea. Pone en escena rutilantemente una situación y saca de la escena el resto. Es un espectáculo. Un mundo entre opaco, semisecreto y estúpido. Sus grandes cultores son personas con las que no conversarías más de cinco minutos. Son aburridos, no tienen nada qué decir… Yo escribí un libro así, Boquita, la pasé muy bien, fue un paseo por mi infancia. Pero no me interesa esa forma de leer el fútbol. Me gusta ir a ver un partido y tratar de contarlo. Los que lo hacen bien me dan mucha envidia porque van a ver la misma situación dos veces por semana y cada vez tienen que contarla como si fuera algo extraordinario. A mí no me interesa.

 

 

Contra el público

Dicen que hacer periodismo es contar lo que alguien no quiere que se sepa. Quizá, cada vez más, sea contar lo que muchos no quieren saber

Martín Caparrós | El País Semanal | 15 diciembre 2015

En Ucrania, Gareth Jones se encontró granjas colectivas y campesinos que morían de hambre.

Se llamaba Gareth Jones como quien se llama Juan Pérez y aun así, en esos días confusos, su nombre resonó en tres continentes. Había nacido en Gales en 1905, hijo de un profesor y una maestra, y fue un alumno de primera –Cambridge incluido. Hablaba francés, alemán, ruso; en cuanto se graduó lo contrataron en el Foreign Office, pero pronto prefirió ser su propio hombre. En 1931 hizo su primer viaje por la Unión Soviética, como negro de un americano rico, el señor Jack Heinz, príncipe del ketchup. Después volvió a Londres para redactar las memorias de Lloyd George, ex premier británico, pero su momento llegó a principios de 1933, cuando viajó a Alemania para contar la llegada al poder de unos señores de camisas marrones y designios negros.

“Si este avión se cayera, la historia de Europa cambiaría. Porque a unos pocos metros de aquí está sentado Adolf Hitler, canciller de Alemania y líder del despertar nacionalista más volcánico que el mundo haya conocido”, escribió, desde el avión oficial nazi, en febrero de 1933. “¿Cómo consiguió este hombre de aspecto tan ordinario que 14 millones de personas lo tomaran por un dios?”.

El mundo rico lo miraba con cierta simpatía, porque Hitler les ayudaría a combatir el comunismo; Gareth Jones les decía que se cuidaran: el nazismo “era una masa de dinamita humana”. Y en marzo se tomó un tren a Ucrania. Alguien le había dicho lo que todos callaban: que el Gobierno de Stalin estaba hambreando la región, que sus habitantes morían

como moscas. El 29 de marzo publicó en varios periódicos un despacho que sería famoso: “He caminado a través de pueblos y granjas colectivas. Por todos lados oí el mismo grito: ‘No hay pan. Nos estamos muriendo”. Jones explicó que los comunistas lo negaban y decían que si faltaban alimentos era por culpa de los campesinos –y que, ya en el tren, tiró una cáscara de naranja en la basura y un hombre se abalanzó para comérsela.

Sus reportes, publicados en el Manchester Guardian y el New York Evening Post, no consiguieron que Occidente interviniera, y provocaron desmentidas fervorosas: los intelectuales más influyentes apoyaban la revolución soviética, y no querían saber. El jefe de la oficina rusa del New York Times, Walter Duranty –premio Pulitzer 1931–, escribió que la historia era falsa, y muchos lo sostuvieron. Jones insistió, citó fuentes, contó; cinco meses más tarde, Duranty todavía sostenía que “cualquier noticia sobre hambruna en Rusia es exageración o propaganda malintencionada”. Para entonces unos ocho millones de ucranianos habían muerto de hambre. La decisión de no mirar no es un invento actual.

Jones fue expulsado de Rusia y se fue a explorar el Extremo Oriente. A veces se preguntaba para qué sirve hablar cuando nadie quiere oír lo que dices; después pedía que le volvieran a llenar el vaso. Recorrió China, Japón, Mongolia. Por allí andaba cuando los japoneses ocuparon Manchuria; Jones quería contarlo, pero lo secuestró una banda mongola. Pidieron por su rescate 100.000 pesos de plata mexicana; mientras negociaban llegó un enviado del Soviet que –se dice– pagó más. Lo fusilaron en el justo medio de la nada el 22 de agosto de 1935; el día siguiente habría cumplido 30 años.

Pasaron 80 años; a mí me gusta recordarlo como ejemplo de eso que los periodistas hacen cada vez menos: escribir contra el público. Nuestros medios se inventaron tantos medios –clicks, retuits, megustas– para averiguar qué quieren sus clientes que no reparan en medios para satisfacerlos, y así se llenan de listas y consejos y dietas y tetas. Dicen que hacer periodismo es contar lo que alguien no quiere que se sepa; quizá, cada vez más, sea contar lo que muchos no quieren saber.



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