Periodismo bajo conmoción

Fecha: 08-04-2014 11:30 PM

Gregorio Salazar

El verbo doblega la realidad y a veces logra incluso que se pierdan los referentes que nos permitan calibrar la gravedad de lo que está ocurriendo, como sucede hoy con los periodistas en Venezuela, que han sido víctimas de hasta tres robos de equipo en un solo día, como ocurrió en los eventos del 3 de abril en la UCV. Inconcebible.

09 de abril de 2014 / Tanto martilla el verbo, tanto insulta, agrede, estigmatiza, apasiona, fanatiza hasta doblegar las condiciones que hacen posible la convivencia ciudadana.

El entorno social así castigado manifiesta ostensiblemente los efectos de esa persistencia degradadora hasta llegar al punto en que la paz -- y este es el caso en Venezuela hoy día-- está amenazada y pareciera que no precisamente por un corto plazo.


En el caso del periodismo venezolano la acción no ha sido solamente degradadora de las condiciones y garantías para su ejercicio, sino abiertamente predadora. Puedo ahorrarme cualquier retrospectiva porque está muy fresco ese historial de agravios, realmente dramático, emblemático e inédito contra medios y periodistas en la región latinoamericana para un gobierno que no tiene un origen de facto. Todo lo contrario, la revolución se jacta de sus muchas victorias electorales.


Pero inclusive, contando las feroces dictaduras que irrumpieron en la región hace muchos años, donde se persiguieron, detuvieron, desaparecieron y asesinaron periodistas, nunca hubo un período tan prolongado de asedio --¡quince largos años! -- a los comunicadores y empresas comunicacionales en su labor cotidiana, así como agresiones físicas y verbales, hostigamientos, leyes restrictivas, multas, cierres de radioemisoras, de televisora y más recientemente de periódicos asfixiados por las restricciones al papel.


Fueron años de martillar y martillar, primero contra propietarios de medios independientes y las figuras más emblemáticas de los periodistas formadores de opinión. Y luego de manera general contra los reporteros, esos asalariados que en contacto con el pueblo buscan la noticia en la calle: “Los periodistas venezolanos necesitan una revolución ética”, se le oyó decir al comandante Chávez en una de sus furibundas arengas contra el gremio.


El curso de los acontecimientos durante estos últimos tres lustros ha dejado muy en claro que el fallecido presidente Hugo Chávez, en este como en otros campos, movió sus piezas con mucha antelación y con muy claros objetivos políticos. Antes de que Andrés Izarra, siendo Ministro de Comunicación en Información, revelara que iban tras la búsqueda de la hegemonía comunicacional, ya habían pasado años de una deliberada campaña de descreimiento contra los diarios más importantes del país: “¡Basura, basura, no compren esa basura!”.


Quien una vez se confesara “hijo de la libertad de expresión”, le temía a ese sagrado derecho porque sabía de sus enormes potencialidades cuando es ejercido ampliamente y cabalmente por los ciudadanos. Sin él, cómo iba a olvidarlo, no hubiera habido su celebérrimo “por ahora”, taumatúrgico punto de partida.


Y tuvo bien claro, además, que esa libertad era uno de los principales escollos para su proyecto de perpetuación en el poder. Catalogó a los medios como los principales enemigos de la revolución y llegó incluso a afirmar que si no fuera por estos “yo tendría 80 % de popularidad”. Ciertamente, el llamado Plan de la Patria es incompatible con cualquier sociedad medianamente democrática.


En cada jornada de efervescencia social los periodistas venezolanos vapuleados, irrespetados, estigmatizados sus instrumentos de trabajo por el discurso oficial han dejado un saldo doloroso y traumático, pasando por la muerte de Tortosa el 11 de abril del 2002 hasta llegar a los que han vivido tras los episodios que se desencadenaron el 5 de febrero en los predios universitarios andinos y todavía perduran. Los gremios denuncian más de un centenar de casos en sólo dos meses.


Lo contabilizado en cifras, saña y modalidades, supera todo lo visto, con el agravante de que la vorágine ha alcanzado de manera brutal a los corresponsales extranjeros que han sido detenidos, golpeados y pateados, despojados de sus instrumentos de trabajo e igualmente insultados e injuriados por el verbo de quien ahora usa su propio martillo en nombre del caudillo. Periodistas colombianos, chilenos, norteamericanos, mexicanos han vivido sus particulares pesadillas en los días de conmoción que sacuden a Venezuela. Algo que cuesta ver hasta en los más crueles escenarios de guerra convencional.


El verbo doblega la realidad y a veces logra incluso que se pierdan los referentes que nos permitan calibrar la gravedad de lo que está ocurriendo, como sucede hoy con los periodistas en Venezuela, que han sido víctimas de hasta tres robos de equipo en un solo día, como ocurrió en los eventos del 3 de abril en la UCV. Inconcebible.


Los riesgos son inimaginables. Valiera la pena que Maduro, Cabello, Rodríguez Torres, Padrino y otros jefes revolucionarios se distrajeran un momento de sus altas responsabilidades, entraran a youtube y pidieran las imágenes, las últimas que se grabaron con vida, de Leonardo Henrichsen (Chile, 1973) y Bill Stewart (Nicaragua, 1979) para que vean de lo que son capaces de hacer guardias y soldados contra simples reporteros cuando están atrozmente envenenados por el odio.


Gregorio Salazar
(Ex Secretario General del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP). Ex Coordinador de la Oficina Regional de la Federación Internacional de Periodistas para América Latina (FIP).



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