Periodismo conspirativo

Fecha: 30-09-2006 12:00 AM

Lluís Foix/ PeriodistaNo hay manos inocentes en el periodismo. Ni en la política ni en las finanzas. Ni en la recomposición de la historia que se reconstruye de generación en generación. En nuestra larga historia las conspiraciones han suplantado a la ignorancia.

Si los hechos no favorecen una opción política o personal se monta una conspiración. Sucedió en la llamada década ominosa cuando Fernando VII el Deseado pasaba de monarca autoritario, a venderse a los franceses, a ser liberal por un trienio y volver a ser totalitario durante diez años. Interesante el libro de Josep Fontana, "De en medio del tiempo", que acaba de publicar Crítica.

Conspiraciones las hubo de todos los colores en el siglo antepasado. La vuelta de los Borbones con Alfonso XII fue fruto de una conspiración de un pronunciamiento militar en la ciudad de Sagunto. El general Prim fue objeto de una conspiración y, además, murió asesinado en las calles de Madrid dejando a Amadeo de Saboya sin mentor y regresando a toda prisa a Italia.

Las conspiraciones han pasado siempre por las páginas de los periódicos. Franco no necesitaba diarios porque las anunciaba desde El Pardo. La conspiración judeo masónica del franquismo nos llegó a aburrir, por ser falsa y absurda.

La conspiración tiene mucho que ver con el poder pero también con el periodismo. Se basa en datos inciertos, opiniones inspiradas en el rumor, la utilización de hechos no comprobados, para ir a favor o en contra de alguien. Cuando un partido político y uno o varios medios de comunicación se dedican a alimentar una conspiración, la idea llega a calar en la opinión pública.

Llevamos tres años construyendo una teoría de la conspiración que echó del poder al Partido Popular. Aznar habló de que los autores de aquella tragedia del 11 de marzo no vivían en montañas lejanas.

La primera y fundamental duda de aquella ventilada conspiración es que quienes debían detectarla, quienes tenían el poder y la autoridad para desenmascararla, eran y son los que por obligación debían conocerla.

El periodismo no es un laboratorio de verdades. Quien no lo sabe todo, no sabe nada, me decía un anciano cardenal de Barcelona. Tenía razón. Un periodista tiene que estar abierto a todos los puntos de vista lo que no significa que sea indiferente a todas las actitudes.

No podemos hacer apología de la trampa, del mal, del terrorismo o de la conspiración sin pruebas. La libertad de expresión sí que tiene límites. Uno de ellos es la mentira o, lo que es peor, las medias verdades. Cuántas injusticias se forman a partir de medias verdades.

El diario del ínclito Pedro J. Ramírez y sus portavoces radiofónicos en la emisora de propiedad episcopal nos vienen mareando sobre la gran conspiración que se perpetró en aquellos frenéticos tres días de marzo de 2004. En los últimos días se nos presentaron unos documentos falsificados en los que se habían borrado pasajes que relacionaban a ETA con el 11 de marzo.

No se habló de otra cosa en esos foros mediáticos conspirativos durante días. Todos mentían menos ellos. Y ahora llega el no menos ínclito juez Garzón imputando por falsedad a los tres peritos que habían escrito la carga de la prueba llenando el espacio comunicativo con un ácido bórico del que había un general desconocimiento hasta ese momento.

Pienso que el periodista ha de ser fiel transmisor de hechos, declaraciones, comentarios y opiniones. Pero ha de saber también situar todos sus conocimientos al nivel de los códigos de conducta que son norma general en cualquier otra profesión.

Proclamo que no creo en las conspiraciones. Creo en los hechos, en la crítica, en la libertad para interpretar la realidad, en la investigación y en la verdad hasta donde puede conocerse. Me consuela el hecho de que España sea una excepción en el conjunto de Europa. Y que mientras la Unión Europea no se derrumbe estamos a salvo, no habrá que exilarse y seguir actuando con racionalidad. En el momento en que se pruebe lo que preconizan los conspiradores ya cambiaré de opinión. Mientras tanto, me quedo tranquilo.

Pienso que hay un periodismo que aspira a lo que los ingleses conocen como "to make things happen" y otro que se limita a "to explain things that happen". Me quedo definitivamente con lo segundo.



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