Represión fanatizada

Fecha: 22-04-2014 11:30 PM

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En tantos años de observar y participar en manifestaciones de calle, nunca había presenciado un espectáculo como el que marcó los inicios de la “popularidad” del  comandante Benavides, joven oficial de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y de meteórica carrera militar (hoy ya es general) después que sus atrocidades contra manifestantes fueran elogiadas en público, con esa mezcla de exageración y fanfarronería típica en  Chávez para sublimizar los frecuentes desmanes del “proceso revolucionario”.

Ocurrió hace unos cinco años, participábamos en una marcha convocada por el Colegio Nacional de Periodistas (CNP) y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) para protestar por las reiteradas violaciones a la Libertad de Expresión y cuando llegamos al sitio donde había sido colocada la tarima, frente a la Casa Nacional de Periodistas, un poco más allá una barrera de efectivos de la GNB atravesaba de extremo a extremo la avenida Andrés Bello.   Hasta allí nada anormal.

Lo inusitado fue que mientras los dirigentes gremiales ofrecían su mensaje a los colegas y a la sociedad civil allí reunida, Benavides, jefe de aquella barrera militar integrada por uniformados tan jóvenes como los que manifestaban al frente de ellos, se dedicaba a arengarlos políticamente, con lo cual no sólo manipulaba a sus subordinados y los cargaba emocionalmente, sino que también impedía que oyeran las razones constitucionales que tenía el pueblo allí reunido para manifestar.

Ese episodio se quedó cortísimo al lado de la forma desembozada y brutal como el cogobierno de Maduro y Cabello  han manipulado a los efectivos de las fuerzas represivas en esta oportunidad, colocando como cortina musical “inspiradora” de las arremetidas el Patria Querida, himno militar cantado por Chávez en cadena nacional días antes de su muerte, y canciones de Alí Primera, de cuyo patrimonio intelectual se apropió la revolución y estúpidamente blande a veces como la filosa espada de quien se hace un hara-kiri.

Si bien aquel día las cosas no pasaron a mayores, Benavides demostró en más de una oportunidad de lo que eran capaces sus hombres a la hora de disolver manifestaciones por más pacíficas que estas fueran, prodigado sus ataques con profusión de bombas lacrimógenas, que de ellas si están llenos los opulentos anaqueles de la revolución.

Bajo tales incitaciones y excitaciones políticas, la GNB pierde todo su sentido institucional, se aleja de todos los parámetros que harían posible que en estos casos se actúe de manera profesional, con proporción y equilibrio, para terminar arremetiendo con una saña y ferocidad que está asombrando al mundo en nombre y en defensa de los postulados revolucionarios de un gobierno, fracasado en todos los órdenes de la vida nacional, para más señas.

Mucho más grave aún, los múltiples testimonios audiovisuales de estos días dejan en evidencia que los efectivos de los cuerpos de seguridad no solamente toleran la actuación violenta de los colectivos paramilitares del gobierno, sino que actúan conjuntamente reforzando el acoso, algunas veces con resultados mortales, de la población civil.

Los perdigones de plásticos que se supone no deben causar bajas civiles, en Venezuela son disparados al rostro de mujeres indefensas y en el suelo, como ocurrió con Geraldine Moreno, muerta en Valencia. Pero también se han cargado las escopetas con bolas (metras) de vidrio y perdigones de metal.

Ya se cuentan por centenares --y de no cambiar la situación serán miles-- los venezolanos que llevarán para toda la vida –seguramente con timbre de orgullo- las cicatrices que la desbordada represión del gobierno de Nicolás Maduro ha dejado en su piel, durante las cinco semanas de protestas, estudiantiles principalmente pero también de otros sectores de la sociedad,  que han conmocionado el país desde el pasado 12 de febrero.

El gobierno de Maduro vacila y se inhibe en todos los terrenos a la hora de tomar medidas que puedan contribuir, por ejemplo,  a poner orden en el caos económico del país, con sus secuelas de desabastecimiento, desempleo e inflación, pero no le tiembla el pulso a la hora de ejecutar medidas efectistas, como el famoso “Dakazo” preelectoral, o para reprimir con todas las armas, legales e ilegales, las protestas populares, pacíficas o no, que sacuden las principales ciudades del país.

Como resultado de estos gravísimos excesos, crece día a día la indignación y el repudio de la población a la Guardia Nacional Bolivariana (éste último adjetivo adicionado como sello de apropiación por Chávez, al que ya los partidizados medios públicos declararon “nuestro libertador”) y a otros cuerpos policiales, que también han recibido una respuesta violenta y que ha ocasionado muertos en sus filas, sobre todo cuando han tratado de desmontar las controversiales barricadas o guarimbas.

La represión en Venezuela, una vez que los efectivos militares y policiales han sido fanatizados a nivel de radicales activistas políticos, no se está haciendo en nombre del Estado de Derecho, sino de lo que Maduro ha denominado su “legitimidad histórica”, aquella que va mucho más allá de “un voto más o un voto menos”,  según su insólita afirmación, una de las tantas que hacen prever que ni el diálogo ni las salidas democráticas estén, a la larga o a la corta, verdaderamente en sus planes.

Gregorio Salazar

 

 



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