Un Estado corrupto genera marginalidad

Fecha: 10-04-2016 07:35 PM

Mayte abril

 

Mayte Navarro Serrano (*)

«La injusticia es humana, pero más humana es la lucha contra la injusticia». Bertolt  Brecht

Corrupción, una palabra que no cesa de sonar en todas las latitudes, pareciera que es el flagelo que contamina a todos los sistemas y nadie es inmune a ella. De allí que no es un mal que afecta solo  al universo político sino que está presente en todos los sectores de la sociedad, venciendo escrúpulos y principios.

En Venezuela este tema no es nada nuevo, pero en la última década se ha desbordado.  Así  tenemos que en los organismos del Estado, gracias a la opacidad de trámites y decisiones, ha alcanzado niveles alarmantes.  Por otra parte, la impunidad ha actuado como estimulante.  A esto se suman políticas restrictivas a la producción y al abastecimiento que han hecho de la especulación una costumbre cotidiana. El comercio dominado hoy día por los llamados bachaqueros,  quienes practican el estraperlo o el negocio ilegal de productos, ven crecer sus ingresos a costa de la necesidad del otro y las autoridades se hacen la vista gorda.  Al no haber sanción se ha creado una nueva manera de generar ingresos basado en la mafia y el oportunismo. El Gobierno, o mejor dicho, el desgobierno, no actúa sino que se limita a responsabilizar a otros de su fracaso, la economía se deteriora cada vez más, la clase media ve mermados sus ingresos y el país cae en un remolino descendente y devastador.

En un trabajo que presenta Alejandro Estévez, del Centro de Investigaciones en Administración Pública de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, sobre la corrupción señala que:  “La relación entre corrupción y democracia es considerada negativa, es decir, que cuanto menos democrático es un sistema político, más corrupto es”.  En Venezuela esta afirmación se confirma porque nos encontramos ante un régimen donde los propios gobernantes violan la leyes.  La nueva Asamblea Nacional se ha encontrado que los otros poderes le niegan su autenticidad y valor representativo, destruyendo así la democracia, pues al desconocer las decisiones tomadas por sus miembros, que fueron electos a través del sufragio, se crea un Estado forajido que parece ignorar su pérdida de  legitimidad. Otro aspecto relevante es que la corrupción origina atraso, violencia, caos, y como lo señala un estudio de la Revista Venezolana de Ciencias Políticas, “puede degenerar en dictaduras”, las mismas que asolaron a América Latina en el siglo XX y cuyo recuerdo todavía se mantiene fresco en las generaciones adultas.

Esa misma revista señala que en las encuestas la gente denuncia a la corrupción como uno de los grandes males de Venezuela. Sin embargo las autoridades se burlan de estas alertas que lanzan los estudios y los casos de soborno, cobro de comisiones, impunidad contra la violación de los derechos humanos básicos y la falta de transparencia  se han convertido en una práctica diaria. No hay castigo ni sanciones.

Si la economía del país está destruida porque no se toman medidas para detener la inflación, el desabastecimiento y el desempleo; la salud es un campo minado por la escasez de medicinas que evidencia una tragedia humanitaria pero el Gobierno se hace la vista gorda ante el reclamo de la población y la inseguridad ha convertido a Venezuela en territorio de guerra, sin duda, nos encontramos ante un Estado corrupto porque evade sus responsabilidades al favorecer el enriquecimiento ilícito, pisotear diariamente la ética, los principios y valores morales, además de generar exclusión y marginalidad.

(*) Miembro de Expresión Libre / mayte.navarros@gmail.com



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