Y el sexto día apareció la miseria

Fecha: 03-10-2017 08:45 AM

Maite

Mayte Navarro

Las mañanas de los sábados estaban recubiertas de cierto barniz de placer. Se deseaba ejercitar el cuerpo para lavarnos la conciencia de estar llevando una vida sedentaria, tan desacreditada por médicos y afines, era un buen tiempo para comprar verduras, frutas y hortalizas frescas para reestructurar el menú cotidiano, hacerlo más sano y prevenir enfermedades. Estos propósitos de enmienda se han ido replegando porque el gobierno desea eliminar del léxico popular la palabra placer.

Hoy día salir en la mañana de un sábado es encontrarse con un ejército de seres depauperados que se encaminan, como zombis, a los lugares donde les regalan un almuerzo decente, generalmente en las iglesias, que cumpliendo con una de las obras de misericordia, dan de comer al hambriento.

Estos hombres y mujeres madrugan para tomar el número que les va asegurar una comida caliente, al menos ese sábado. Eran pobres que hoy se convirtieron en miserables, sin voluntad propia, algunos rozan las ocho décadas, pero otros son más jóvenes. La falta de hogar, aseo,  alimento y medicina les acelera la vejez y se suman prematuramente a una tercera edad, que el gobierno y otros tantos, bajo el sustantivo de “abuelos” los marginan, los relegan y los tratan como inútiles. Objetos para tirar a la basura. Años dorados que se convierten en sombríos.

Ciudadanos que se jubilan entre los 55 y 60 años, no para emprender un nuevo proyecto de vida sino para subsistir de una pensión que al convertirla en moneda dura da la paupérrima cifra de 7 dólares y que en una economía dolarizada, no alcanza para nada y sólo sirve para mantener a esos adultos mayores en largas colas frente a los bancos, amargándoles los años que les queda de vida, aplastando sus derechos ciudadanos y hundiéndolos en la mendicidad y en la penuria, porque a veces la pensión miserable se invierte en los gastos del nieto que va a la escuela, sacrificando así cualquier escaso placer que todavía pudiese darse.

El cierre de fuentes de trabajo impide que estos pensionados puedan ser útiles, promover la jubilación cuando la experiencia puede ser aprovechada y generar lucro es sembrar pobreza, crear mentes débiles, susceptibles a la manipulación y anular la voluntad y autoestima. Eso es lo que ha sucedido en estos primeros 17 años del siglo XXI en Venezuela.

Un sábado en la mañana vemos una columna de ancianos pobres que se mezclan con alcohólicos, madres jovencísimas  al lado de adolescentes no escolarizados que se amenazan entre ellos, drogadictos con caras esperpénticas, estómagos vacíos y corazones corroídos por la carencia de todo, incluso de la dosis que les roba la vida pero que les levanta el ánimo.

Ante este espectáculo envilecedor se reviven las noticias de la semana. La soledad ronda por las aulas de las universidades. Al iniciarse este año escolar los periodistas informan que se ven más vacías. Los liceos también se enfrentan al síndrome del pupitre sin dueño y parece que el número de niños que asiste a la primara ha mermado porque el dinero no alcanza para pagar el colegio privado, el transporte y la merienda. El número de planteles públicos no ha crecido en 18 años y no hay alternativas. Nos enfrentamos a una fábrica de analfabetas que no podrán responder a los retos del siglo XXI y que tarde o temprano se unirán a los zombis sabatinos.

Por otra parte en la nueva propuesta de plan de estudios diseñado por el Ministerio de Educación para la escuela básica y media, las reformas tienen intenciones de  desaparecer  valores como el rigor, la disciplina y el esfuerzo. Esta iniciativas gubernamentales deben poner en situación de alarma a la sociedad venezolana ya que nos encontramos ante un proyecto que se presenta con visión sectaria de lo social, lo político, lo científico y lo cultural,  como lo explicaron los ponentes al IV Encuentro Educación de Calidad que se realizó en la UCAB.

En estos 18 años, las cifras que han ascendido en Venezuela son las de los delitos cometidos, las madres solteras adolescentes, las colas a las puertas de los automercados, el ausentismo escolar, la mortalidad infantil, la emigración de venezolanos, la inflación, los números de presos políticos. Pero han mermado cuando se suma  la cantidad de nuevas camas de hospitales, las escuelas creadas, nuevos puestos de empleo, el ingreso salarial, los alimentos de calidad, la mano de obra calificada, medios de comunicación, la posibilidad de adquirir medicamentos, solo para enumerar algunos.

En fin, esta masa de pobres que se dilata está fermentada con la levadura de la ignorancia, el totalitarismo y la indiferencia de un gobierno ante una Venezuela que sufre de carencias de todo tipo, así se doblega la voluntad y se fabrican esclavos. 

@mainav  /  mayte.navarros@gmail.com



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