Bofetada de la CIDH

Fecha: 08-03-2009 11:30 PM


Eduardo Orozco

La reciente decisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en la que se sanciona al Gobierno del Presidente Chávez por no garantizar “la libertad de buscar, recibir y difundir información” de periodistas y trabajadores de RCTV y Globovisión, constituye una severa condena a la conducta del régimen frente al trabajo de los periodistas y a la labor de los medios de comunicación en Venezuela.

Significa un serio traspiés para el objetivo del Gobierno de ocultar su permanente actuación contra la libertad de expresión y otros derechos fundamentales consagrados en la Constitución y en los tratados internacionales.

La resolución ordena al Gobierno tomar las medidas para evitar nuevas agresiones a los trabajadores de los medios, aceptando el alto Tribunal, que el ejercicio profesional del periodismo y la libertad de información están amenazados por el régimen.

Voceros del Gobierno reaccionan descalificando el fallo, denunciando “intentos desestabilizadores” y “ataques mediáticos” en vez de intentar corregir estas actuaciones que afectan las libertades fundamentales y ponen en peligro la labor de comunicadores y medios.

El Embajador Roy Chaderton, denunció en la OEA al “terrorismo mediático, audiovisual y escrito, y expresó que éste es un flagelo que cada día se manifiesta más en nuestros países con propósitos desestabilizadores”, pero no responde a los argumentos de la Corte sobre los hechos que soportan el fallo.

El cuento de la conspiración mediática ya no es suficiente para justificar este estado de intolerancia y agresiones permanentes. Investigaciones del ININCO informaron recientemente que Chávez lleva, en estos diez años, 1.751 cadenas con una duración de 1.092 horas, equivalentes a estar hablando unos 45 días seguidos. Un verdadero record mundial de cháchara.

El experto Andrés Cañizales afirmó que en 2008 el Presidente nos encadenó durante 180 horas y en plena campaña electoral habló durante 31 horas.

Hablar demasiado e intentar silenciar al contrario es sólo un ángulo de esta conducta típica de regímenes intolerantes, y la condena de la CIDH es hasta benévola ante la verdadera magnitud de los atropellos que, sistemáticamente, se cometen contra la democracia.

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