Contra la intolerancia más información

Fecha: 17-08-2020 09:42 AM


Por Mayte Navarro (*)

Sin lugar a dudas, las redes sociales constituyen un elemento de comunicación eficaz y rápido, sin embargo, vemos como la intolerancia y la rabia se apoderan de estas plataformas, donde muchas veces, el ejercicio de la libertad se ve frustrado no sólo por lo reaccionario que son ciertos grupos sino por las propias limitaciones que los gobiernos tratan de imponer y por las amenazas que sufren aquellos que ejercen su derecho de palabra. A esto habría que sumar las fábricas de noticias falsas o fakes news, cuyos contenidos no sólo afectan a los más ingenuos.

Las redes sociales muestran a gente acostumbrada a la inmediatez, a la falta de lectura profunda y movidos más por lo emocional que por lo racional. Las redes sociales se han convertido, para algunos, en arma para el descrédito. El insulto y la descalificación están a la orden del día. Pareciera que las frustraciones ciudadanas, como lo son el desempleo, falta de servicios públicos, la inseguridad y las crecientes desigualdades encuentran en esas plataformas digitales su momento de catarsis.

En un trabajo realizado por Fran Llorente y Curro Aguilera titulado ¿Hay más odio en las redes sociales? Destacan como instrumentos para frenar ese odio a la información, la educación, el activismo y las narrativas alternativas.

En veintidós años Venezuela ha sufrido la destrucción de sus medios de comunicación. Cierre de medios impresos, clausura de radiodifusoras, suspensión indefinida de programas, amenazas a los comunicadores sociales, la sucesión de cadenas interminables que limitan el tiempo a la libre información y la suspensión de empresas de televisión por cable han dado como resultado altos niveles de desinformación, pues se hace imposible conocer los sucesos, se difunde una sola versión de los mismos y otras veces, simplemente se desvirtúa porque se mezcla realidad con información falsa.

La educación, que permite al lector estar atento y no ser víctima de su buena fe, cada vez es más deficiente. Este es un fenómeno que ocurre a nivel mundial, pero se agrava en los países cuya democracia está comprometida.

La pandemia se ha convertido en un nuevo escalabro para el sistema educativo pues afecta la capacidad de socialización entre los niños y adolescentes, incide en sus relaciones interpersonales y en la formación de liderazgo.

La Unesco es muy clara cuando afirma que: “Los conflictos armados, los desastres de origen natural y las pandemias impiden la escolarización de millones de niños y el número de afectados por estas razones sigue aumentando. En los países marcados por situaciones de crisis, los niños en edad escolar tienen dos veces más probabilidades de no asistir nunca a la escuela que sus compañeros de otros países”.

Al respecto, el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, en el informe titulado La educación en tiempos de Covid-19 y más allá advirtió que la pandemia ha causado el trastorno más grave registrado en los sistemas educativos en toda la historia y amenaza con provocar un déficit de aprendizaje que podría afectar a más de una generación de estudiantes. También es probable que los cierres de escuelas acaben con décadas de progresos en este ámbito.

Si esto sucede tendremos a un buen número de ciudadanos que carecerán de criterios para consumir información, serán víctimas fáciles de los intereses creados y sus frustraciones personales se traducirán en expresiones de odio, que sin duda y sin miedo, manifestarán en las redes sociales.

Acontecimientos recientes confirman la eficiencia de las redes sociales a la hora de convocatorias multitudinarias para que las comunidades que ven violentados sus derechos puedan hacer sus justos reclamos, pero también el mundo ha sido testigo de la barbarie que sufrieron varias ciudades norteamericanas cuando grupos interesados en romper la normalidad de un país utilizaron esas mismas redes sociales para propiciar la incivilidad de los ciudadanos a la hora de protestar.

También encontramos en las redes inmadurez, expresada por aquellos que carecen de capacidad de análisis y reaccionan ante la posición de un gremio o de una institución con una avalancha de improperios, sin antes leer y profundizar. Muchas veces siguen a maquinarias montadas con el único fin de destruir o desprestigiar organizaciones que gozan de respeto en las comunidades y que resultan molestas a los intereses de un poder político determinado.

Otro ejemplo actual que refleja el peligro de la desinformación son versiones que circulan en varias redes sociales sobre el COVID-19. Los científicos y médicos, quienes deberían ser los voceros naturales, se han vistos desplazados por grupos interesados más en el poder que en salvar vidas, creando todo tipo de dudas en los ciudadanos.

Ya lo dijo Audrey Azoulay, directora general de la UNESCO: “el periodismo es necesario para comunicar los hallazgos científicos y difundir información real y fiable, contrarrestando las noticias falsas que representan un peligro para la vida de las personas y para los esfuerzos de contención de la propagación de la pandemia”.

Y podríamos cerrar estos comentarios, que sin libertad de expresión, sin una prensa que pueda tener acceso a todas las fuentes para ofrecer una información amplia, profunda y desinteresada es imposible contrarrestar la desinformación y los odios presentes en las redes.

Estos son tiempos que exigen de un periodismo capaz de derrotar las informaciones maliciosas. Las redes son aliadas, pero en ellas hacen falta profesionales que estén más interesados en informar y formar que en aumentar su número de seguidores.

(*) Miembro de Expresión Libre

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