El régimen habrá desaparecido de la isla al promediar esta década

Fecha: 02-04-2010 11:30 PM


El régimen cubano, en su feroz y desalmada forma actual, habrá desaparecido de la isla al promediar esta década. Estén vivos o muertos sus tiranos.

Antonio Sánchez García

 

Probablemente sólo Orlando Zapata Tamayo y Guillermo Fariñas, junto a los otros prisioneros políticos en huelga de hambre y las Damas de Blanco sean, excepción hecha de los propios Castro, los únicos cubanos privilegiados en tener plena y absoluta conciencia del profundo cambio de dirección que se verifica en estos momentos en América Latina. Y que ellos refuerzan y direccionan en el correcto sentido con sus acciones aparentemente desesperadas. Pues dar sus vidas en medio de un terreno políticamente devastado por la feroz dictadura que lo asola desde hace más de medio siglo debe suponer la conciencia de que tras esa devastación ya se anuncia el futuro: un futuro libre y democrático, al que según los hados parece estar condenado el castrismo. Y que con estas heroicas acciones se ve obligado a acortar tiempos y distancias. Poco importa si hablamos de meses o años. El régimen cubano, en su desalmada forma actual, habrá desaparecido de la isla al promediar esta década. Estén vivos o muertos sus tiranos.

 

Creo que los acontecimientos que sacuden la isla, por ahora todavía aplastados por la represión y la tortura pero que ya comienzan a minar bastiones otrora inexpugnables del castrismo, como la Sociedad de Escritores y el mundo de artistas e intelectuales – siempre la vanguardia - en donde encontrarán su máxima expresión, y que ya se avizoran en los distintos países de Europa y América Latina en que la izquierda – la buena y la mala – comienza a sufrir el descalabro de su desenmascaramiento y demistificación, constituyen los últimos coletazos de los acontecimientos de 1989, cuando el Muro de Berlín se derrumbara sin emitir un solo gemido. Entonces comenzó el derrumbe no sólo de la Unión Soviética, sino del marxismo leninismo en todos sus matices. Los éxitos de que ha hecho gala desde entonces, en nuestra región promovidos por el llamado Foro de Sao Paulo – desde el lulismo hasta el chavismo – han sido cantos de cisnes. Ya les llega su hora.

 

La hegemonía cultural e ideológica de que la izquierda marxista gozara en todo el mundo desde la revolución rusa, fortalecida por la barbarie fascista que se pensó era la antípoda de lo que se creía el paraíso estaliniano, y que conquistara al mundo académico, intelectual e incluso religioso de las capitales espirituales del mundo desde fines de la Segunda Guerra Mundial, parece comenzar a dar sus últimos estertores. ¿Quién podría escribir hoy las loas que Neruda le dedicara a Stalin, quién los ditirambos que la intelligentzia latinoamericana le ofrendara a Fidel Castro en el clímax de sus victorias? ¿Quién la fabulosa mistificación de la revolución cultural china por los bonzos académicos franceses? ¿Quién osaría reivindicar la beligerancia de las narcoguerrillas colombianas y levantarle un monumento a Tirofijo, como hasta no hace un suspiro pretendiera el teniente coronel Hugo Chávez? ¿Quién suspirar ante la imagen de Cristo Redivivo montada por el castrismo en una de las más exitosas operaciones de manipulación mediática con la siniestra figura del Ché Guevara?

 

América Latina, incluso España, vive un giro cultural e ideológico copernicano. Se acaba la ingenua o interesada complicidad con la barbarie de las izquierdas extremas. El terrorismo de la ETA o de las FARC, la desalmada dictadura de los Castro, el neofascismo del chavismo, travestido de indigenismo y populismo revolucionario representados por Correa, Evo Morales y Daniel Ortega e incluso la obsecuencia de la llamada izquierda democrática, hoy desplazada del Poder en Chile, viven una dramática encrucijada. O esa izquierda democrática rompe de manera definitiva y tajante con los devaneos del totalitarismo, o le espera su desaparición. Después de más de medio siglo dominando en silencio nuestros corazones, era hora de acabar con el juego. Llegó la hora de decir ¡basta!

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