Eleazar, por caridad

Fecha: 22-07-2009 11:30 PM


Vamos a dale / Elizabeth Fuentes

Deberías verles la cara a ese bojote de chamos, Eleazar, que se fajaron a estudiar en las Escuelas de Comunicación y graduarse con aquel esfuerzo, convertidos hoy en redactores o productores excelentes, de esos que no almuerzan hasta que consiguen la noticia o al invitado necesario.

Confieso que tengo dos o tres amigos en el chavismo a quienes quiero incondicionalmente. Afectos del tipo "corazón partío" porque son de esos amores de siempre y cuando me arrecho con alguno de ellos por alguna barbaridad que hayan convalidado públicamente, pues inmediatamente se me atraviesa aquel bojote de experiencias maravillosas vividas juntos y mucho antes de que este fascismo cursi y presuntamente de izquierda se instalara en todas las escalas del poder. 

Entonces me fajo a hacer una negociación conmigo misma para poder seguir conviviendo con mis afectos en paz: "Esto va a pasar, Eli", me digo, respirando profundo... "por una cuerdita de militares corruptos e ignorantes no vas a arriesgar una amistad de siglos, recuerdos tan hermosos, risas compartidas, los boleros a coro, las confidencias en aquel bar...". Y así voy, haciendo las paces con ellos y su conducta, sin que ninguno se entere de mis achaques políticoemocionales porque, a decir verdad, nos vemos poco. 

Eleazar Díaz Rangel es uno de ellos. Una "estatuica" interior que nos construimos sus alumnos de la UCV porque era la estampa viva de lo correcto. Gremialista, jodedor, simpaticazo, exigente, un capataz de lo que se debe hacer, al extremo que llegó a ganarse más de un enemigo porque se oponía, rotundamente, a que nadie que no fuese graduado en una escuela de Comunicación Social debería ni siquiera pisar el lobby de medio alguno. 

Era, como muchos otros, el terror de los pasantes, de los tesistas, de los periodistas exilados de los regímenes militares del Sur, obligados a hacer la reválida en Venezuela así hubiesen sido, como Miro Popic, Jefe de Redacción de una revista cuadrada con el gobierno de Allende. 

Todavía recuerdo, un tiempito después de estos avatares, el impasse surgido entre Eleazar y Napoleón Bravo durante la presidencia de Díaz Rangel en VTV --pleno gobierno de Caldera--, cuando ante las acusaciones públicas en su contra, una larguísima lista de periodistas firmamos un comunicado en su apoyo, asunto que me costó la furia de Napoleón, otro amigo de toda la vida, pero ante quien nos plantamos firmes porque a Eleazar ni con el pétalo de una rosa. 

El otro de mis afectos desordenados es el poeta Luis Alberto Crespo. Diez años trabajando juntos, riéndome a diario por sus impertinencias, conmovida ante la lectura de sus poemas a media tarde aún sin publicar, o escribiendo a cuatro manos los titulares de aquel dominical, Feriado, donde nos cansamos de tirarle trompetillas al poder y esquivar los regaños de los propietarios del medio. 

¿Te acuerdas, Luis, cuando entrevistamos a José Ángel Ciliberto, entonces nada menos que Ministro del Interior y Presidente encargado de la República, y le hicimos tantas preguntas inconvenientes que terminó botándonos de la casa presidencial? "¡Esto se acabó. Se me van de aquí!", dijo, furioso. Y en lugar de achicopalarnos, salimos muertos de la risa a escribir la entrevista y encima le pusimos de antetítulo "De mejores casas nos han botado"...? ¿O cuando, por la publicación de un reportaje de Nelson Hippolyte sobre una casota que se estaba construyendo un Cisneros, la empresa decidió botarte y en solidaridad contigo y como pataleo ante tamaña arbitrariedad, todos los que hacíamos el magazine (Sergio Dahbar, Nelson Hippolyte, Marianela Balbi, Valentina Quintero) renunciamos en cambote y nos quedamos en la calle? Eso era ser periodista, Luis. Así nos hacíamos respetar, Eleazar. Y esos recuerdos, que se me hacen cerquita, se me vienen encima cada tarde cuando piso la radio donde laboro, porque allí sólo se respira indignación, tristeza y miedo, Luis Alberto, igualito a aquella semana en que anduvimos de preaviso contigo, sin saber qué iba a ser de nuestras vidas quince y último, pero resteados con nuestra decisión porque teníamos dignidad de sobra. 

Pues así andan hoy, Luís, esa cantidad de trabajadores de primera línea que laboran en las radios, amenazados con el desempleo y la incertidumbre porque ahora el gobierno militar quiere poner la bota sobre las emisoras y convertirlas en repetidoras de Miraflores. 

Deberías verles la cara a ese bojote de chamos, Eleazar, que se fajaron a estudiar en las Escuelas de Comunicación y graduarse con aquel esfuerzo, convertidos hoy en redactores o productores excelentes, de esos que no almuerzan hasta que consiguen la noticia o al invitado necesario. 

Periodistas enfrentados todos a la posibilidad del desempleo o el exilio porque, al abuso contra los circuitos, se agrega la posibilidad de que su título caiga en desuso porque alguien intenta cambiar la Ley, esa que tanto defendiste Eleazar, para permitir que ser periodista no amerite ningún esfuerzo ni talento ni preparación ni estudio, sino que basta con adular al poder y jurungar, quién sabe dónde, sólo buenas noticias cocinadas en Miraflores. 

En aras de mis afectos, me encantaría saber por qué ustedes caminan en esa dirección y, como en el fondo esta es una carta de amor, sólo espero que me la responda, así sea por esta misma vía. Aunque preferiría tomarme un martini con Luis Alberto, como antes, para escuchar su versión. O cenar en casa de Eleazar para degustar las maravillas que prepara su esposa, mientras me convence por qué apoya lo que apoya. 

Yo sigo donde siempre. Plantada frente a los abusos del poder y con el mismo número de celular. 

TalCual / 23 de julio 2009

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