Empanada-gate

Fecha: 05-11-2017 05:32 PM


Por Carlos Roa (*)

Los venezolanos estamos acostumbrados a ser aturdidos por las noticias. Son casi dos décadas de un régimen tremendista y avasallante, asesorado por la satrapía cubana que mal no lo ha hecho, porque va para 60 años sometiendo a la martirizada isla caribeña.

Cabe recordar que se trata de una franquicia: el “know how” del G2 -de la antigua KGB soviética- para sojuzgar a un pueblo, a cambio de ingentes cantidades de nuestro petróleo. Somos quizá el único país en la historia de la humanidad que les ha pagado a sus invasores para ser invadido y desvalijado.

Ya no cabe duda de que el torbellino noticioso es generado por una perversa estrategia comunicacional, cuyo objetivo preciso no me atrevo a delimitar, pero tiene que ver con aturdirnos, con confundirnos, con ganar tiempo para hundir aún más las garras sobre la ya exhausta Venezuela.

Se dice que hasta los autogoles de la dictadura son cuidadosamente planificados por la invasión castrista –o incluso directamente en La Habana-, con el fin de quitarnos el foco desde lo medular hacia cualquier distracción perecedera que nos impida una lucha efectiva contra el desmantelamiento del país.

No me atrevo a alegar a favor o en contra, especialmente porque creer que todo está “fríamente calculado”, como diría el Chapulín Colorado –rojorrojito pero buena gente-, le otorgaría poderes casi sobrenaturales a los invasores ñángaras y la cosa tampoco es así.

Sin embargo, no se puede negar que los ministerios de propaganda de estos regímenes son los maestros del pote de humo y el trapo rojo.

¿A cuál de las dos categorías pertenecerá el incidente de Maduro y la empanada?

El “okupa” de Miraflores, en una de sus peroratas televisivas tan interminables como soporíferas, da un pase a Dios sabe quién. Jura que está fuera del aire, abre una gaveta de su escritorio, saca una empanada y engulle la mitad de un solo mordisco. Ante las cámaras de TV. Una acción que para sus descamisados, es un lujo impensable e impagable.

Si el Zar Nicolás hubiera estado haciendo teatro, sería un perfecto ejercicio de “soledad escénica”. Porque para mí, él jura que nadie lo está viendo. Cero modales. Tengo hambre y esta empanada es mía, igual que el país. Punto.

Por supuesto, todos nos instalamos a hablar de Nico y la empanada. Del hambre atrasada que aún parece tener, de lo robusto y repuesto que está. Parece que el G2 logró su objetivo macabro de ponernos a debatir sobre cualquier pendejada.

Un guion impecable, escenificado por un actorazo, que ni Lawrence Olivier.

Pero también cabe la otra posibilidad: que se haya tratado de un verdadero “gaffe”. Que Nikolai esté francamente harto de ser la mampara de los Castro. Que le parezca estéril haber vendido su alma al diablo, por más que pueda tragar manjares a discreción, que parece ser lo que más lo llena. Literal y metafóricamente.

Que, extenuado, no se haya dado cuenta de que la cámara aún lo “ponchaba”. O que le valiera que el país entero lo viera engullendo media empanada, de la misma manera en la que el tiburón de la película se atragantaba al actor Robert Shaw: sin remordimiento.

Algún placer básico debe recompensar en la vida al pobre. Quizá simplemente quisiera ser un tipo común, de esos que le hincan el diente a cualquier fritanga callejera sin que la imagen se viralice en redes sociales. Empanadagate, el Watergate de la revolución bonita.

Epílogo: si así muerden una empanada, imagine usted cómo muerden a PDVSA. El testimonio lo dan los rugientes y veloces Ferraris tripulados por boliburgueses que atraviesan sin pudor Doral y Sunny Isles en Florida. En el odiado Imperio.

(*) Miembro de Expresión Libre

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