La última mirada de un fotógrafo

Fecha: 09-11-2006 12:00 AM


jorge_aguirre_1.jpgPara todo una sonrisa. No había en él ni una gota de hastío por la vida. Todo aquel que lo conocía se contagiaba de su risa, de sus historias novelescas, y de su gran afán de vivir para contarlo.

Quien lo conoció veía la estampa de un caballero de antaño. Sus amigos, sus conocidos, sus compañeros de miradas furtivas lo recuerdan así. Ese fue Jorge Aguirre hasta unas horas atrás.

Un fotógrafo a tiempo completo, que ocupaba su mente en recuerdos imaginarios. Y es que alguien tan copado por las crudas imágenes de la realidad puede tener licencia para crear recuerdos. Lo que sí era seguro era su vocación de vida contra la muerte. A pesar de haber nacido en Colombia, en la población de Tolima, sus modos, sus costumbres eran de esta tierra que lo acogió. Maracaibo fue su terruño y en esa región comenzó a dar los primeros pasos como reportero gráfico.

Trabajó para el diario Panorama, por la década de los 70, y en la Escuela de Bellas Artes de aquella región zuliana. También fue fotógrafo de la Presidencia durante el gobierno de Luis Herrera Campins, y de la gobernación de Anzoátegui. Llegó a la Cadena Capriles el 18 de octubre de 1990. Y aquí cultivó su su tarea creativa, y sembró de historias las remembranzas de cada uno de sus compañeros.

Aguirre iba siempre de flux y con calzado formal, haciendo gala de su sempiterna cortesía. Y también bien dispuesto a echar un cuento. “Cada vez que Aguirre chaba un cuento todos lo escuchábamos, y reíamos. Le decíamos Macguirre, porque contaba cosas asombrosas”.

Cuando recibió ese disparo mortal, ayer en la tarde, frente a la UCV, estaba haciendo un trabajo más. Se había acercado para fotografiar las obras de refacción del Estadio Olímpico, y se topó con la protesta de estudiantes por la
muerte de los niños Faddoul.Ya en el piso, atravesado por la espada de la violencia, apretó el único gatillo que conocía.

El de su cámara fotográfica. Esa fue la última mirada del fotógrafo. “Sálvenme, por favor, que yo tengo cuatro hijos”, decía Aguirre al camillero del Clínico Universitario, que lo llevaba al quirófano.

Quizás en esas horas oscuras pensaba en su esposa, y en ese préstamo que decía haber pedido a un banco internacional, para montar una posada en Choroní. ¿Pensaba en el mar? ¿En pasar tiempo con sus hijos? ¿O que uno de ellos seguía sus pasos como reportero gráfico, y que una vivía lejos, en España? “Era un soldado del periodismo”, “era el hombre de las mil historias”, “era Macguirre”. Lo era en vida, y lo será en el recuerdo. En la redacción se pensaba que este era un cuento más. Ojalá lo hubiese sido.

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